El amor por sus hijos impulsó el éxito de Vilma Parra

Por Gisella Salmón

Dicen que la vida aprieta pero no ahorca y que todas las cosas pasan por algún motivo, quizás el truco consiste en sacarle provecho a la adversidad; en mirar el lado bueno, sin descuidar todo lo que lo malo nos puede ayudar a entender. El éxito alcanzado por Vilma Parra, empresaria peruana dedicada a la comercialización de calzado, parece reforzar esta idea.

Próximos a celebrar el Día de la Madre, Vilma nos señala el secreto del éxito que la llevó de ambulante de verduras, frutas, adornos de cristal y un sin números de productos, hasta el sueño de industrializar la producción de calzado y convertirse en una gran corporación emulando a los empresarios Wong, de quien se declara ferviente admiradora.

Antes de la aparición de su primera entrevista en medios, los hijos de Vilma desconocían las situaciones difíciles que ella tuvo que afrontar para llegar a  convertirse en una próspera empresaria.

"Yo nunca les narre la tristeza de su madre, no me interesó decirles cómo hice para hacer dinero. Cuando me sacaron una entrevista por primera vez, pusieron la foto de mi hija durmiendo en una caja debajo de una carreta. Ella se vio en la TV y me reclamó, me dijo que era una madre inhumana por haberla tratado así. Fue cuando decidí contarle mi vida. Al terminar se puso a llorar y me dijo que la perdonara. Por ratos pienso que si les cuento todo a mis hijos parece fantasía o novela".

La adversidad como motivación

Desde los siete años Vilma descubrió la importancia del trabajo. Aunque reconoce que fueron tiempos difíciles, afirma estar agradecida con su madre y abuela por enseñarle a no tener vergüenza de vender en el piso, ni miedo a trabajar con coraje. Dedicada al cuidado de sus hijos luego del matrimonio, un accidente casero ocasionó serias quemaduras a su hija. Vilma decidió venderlo todo para financiar su tratamiento y salió nuevamente a vender en la calle, gracias al apoyo de más de tres mil amigos ambulantes quienes le donaron productos durante casi ocho meses. 

Lo que ganaba en el mercado no alcanzaba. Intentó con mercadería de Tacna, pero sabía que el contrabando no era un recurso para salir adelante, así que aprovechó la oportunidad cuando el dueño de una tienda le dio zapatos para vender. Optando por una ganancia mínima y apostando por la venta en cantidad, Vilma empezó a "rayar". Luego vendió zapatos tipo Hush Puppies pero el fin de la temporada escolar terminó con el negocio. Finalmente consiguió mercadería de Trujillo. El calzado prácticamente voló de sus manos pero la felicidad duró poco, los zapatos no eran buenos y las clientas se quejaron.

"Cuando reclamé, la señora que me vendió los zapatos me dijo que estaba loca, que no tenía que dar garantía, mucho menos si era ambulante. Me decía, aquí el mercado es así, tú tienes que amoldarte al mercado no el mercado a ti". Hoy Vilma hace un mea culpa y afirma que nunca más venderá un producto sin antes probarlo.

Un artesano trujillano le propuso confeccionar calzado, ella aceptó pero exigió un producto de calidad, aún si este costaba el doble de lo normal. Nuevamente la voz se corrió. Las clientas preferían invertir más por un producto de más durabilidad.

La formalización

"Creo que de la necesidad salen las cosas", comenta Vilma mientras recuerda el desalojo que la obligó a alquilar un local. Aunque optó por convertir su casa en tienda, las quejas de sus vecinos la obligaron a alquilar un local. Cuando su éxito trascendió, la casera le aumentó el alquiler. "Lo ideal era comprar una tienda, esa era una verdadera necesidad", afirma. Así fue como compró la primera tienda en Jesús María, al mismo tiempo que decidió formalizarse. Pero el público fue más exigente, la quería cerca, no quería trasladarse hasta allí. Así dio el gran salto y extendió el negocio hacia otras zonas, lo volvió más céntrico para diferentes públicos. Patentó la marca, reunió a sus proveedores y convirtió a Vilma en símbolo de calzado con calidad.

Compartiendo un sueño

Al preguntarle por sus hijos,  los ojos se le iluminan. Dos de ellos ya son universitarios y el menor es deportista, señala con orgullo. Ellos se integrarán pronto al negocio, aunque afirma que en la familia está prohibida la competencia. Una madre tiene que heredar lo que tenga, pero ya les he dicho que ellos tienen que sacar a Vilma al exterior. Dos de ellos ya trabajan en ello y el hijo menor de quince años, ya afirma que lo suyo es industrializar el proceso de producción del calzado. Todo parece indicar que el sueño de esta empresaria no está tan lejos de convertirse en realidad.


 

 

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Redacción: Gisella Salmón / Aaron Omeño
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